Ediciones Morata

Su cesta de la compra esta vacía

Negar al alumnado las controversias sociocientíficas supone robarle la esencia del conocimiento

Fecha de creación

16 de Febrero de 2012

Juan Bautista Martínez Rodríguez nos habla en este artículo de la supresión de la asignatura de Educación para la ciudadanía.
La razón de suprimir la actual “Educación para la ciudadanía” para el ministro José Ignacio Wert es retirar de esta asignatura el “conocimiento controvertido”, eliminar las controversias éticas y sociales  para que quede el conocimiento indiscutido, la verdad única y absoluta. Este argumento recogido de las bases del positivismo decimonónico por la iglesia católica pretende que la educación sea un conjunto de conocimientos descontextualizados, asépticos, apolíticos, amorales, estáticos, en definitiva, sin sentido. Olvidan nuestro querido ministro y sus “expertos” asesores que el motor del conocimiento científico es precisamente la controversia, el debate, la pluralidad de perspectivas y de enfoques, la visión desde paradigmas y supuestos diferentes cuyas tradiciones científicas se han y se seguirán construyendo socialmente.
Justamente  en el siglo XXI los grandes problemas de la ciencía suponen auténticas controversias científicas, y funcionan como un motor de la producción científica y tecnológica. Porque la calidad de una democracia depende de la adecuada comprensión por parte de la ciudadanía de los problemas a resolver, entre ellos los relativos a cuestiones científicas y tecnológicas.  El británico Durant[1]destaca que la ciencia representa también aquello que más críticamente influye sobre la manera en que nuestra cultura funciona. Y alerta sobre las consecuencias de la falta de un adecuado conocimiento de la ciencia por parte del público porque la democracia es siempre difícil, pero sin un nivel mínimo de comprensión pública del conocimiento científico, debemos cuestionarnos si ésta es siquiera posible.
Pero, dada la insistente preocupación de los sectores ultraconservadores de nuestro país, en realidad el problema lo sitúan en negar algunas controversias sociocientíficas que les preocupan especialmente aquellas sobre la teoría evolutiva y la dogmática de la religión católica así como la concepción de la vida y la procreación humana y biopolítica. A este desmesurado énfasis añaden la necesidad de justificar el papel que asignan a las mujeres en la estructura de poder eclesiástico enmarañándose en una extraña visión acerca de las teorías del género.
Parece, pues, que la “nueva” política educativa consiste en retirar la capacidad de debate y reflexión de estudiantes, profesores y familias. Se trata de retirar del curriculum las verdades controvertidas, aislar al alumnado de los intereses y condiciones que mueven nuestras comunidades. Adoptar una actitud (anti)pedagógica y paternalista con la finalidad de no hacer partícipe a los jóvenes de aquellos asuntos y problemas fundamentalmente discutibles cuyo conocimiento adquieren por los medios de comunicación. No hablar de sentimientos, de sexo, de problemas, de discrepancias, de desigualdades, evitando el conocimiento experiencial e impidiendo conocer las claves fundamentales del funcionamiento de nuestra sociedad y de la necesidad de vivir con otros.
Todo ello ¿para qué?. Pues para que el conocimiento sea el de siempre, las ciencias sociales sean descriptivas, las lenguas formalistas, las ciencias algorítmicas, las artes congeladas, olvidando que la realidad del conocimiento se vive en la propia experiencia y en las experiencias colectivas. Todo ello para que funcione el consenso patriarcal y xenófobo en donde los “otros” son o desiguales o enemigos. Por esa razón no puede ponerse en el curriculum escolar las controversias tratadas en educación para la ciudadanía y defienden que las verdades sean indiscutibles, el pensamiento sea un dogma y la realidad indescifrable, evitando ópticas y miradas que no sean las de las jerarquías religiosas y políticas conservadoras, las cuales se deben defender de la capacidad de que las y los ciudadanos piensen, reflexiones, descubran y se independicen del pensamiento único.

[1] Durant, J. R. 1990. “Copernicus and Conan Doyle: or, why should we care about the public

understanding of science”. Science Public Affairs, Vol. 5, No. 1, pp. 7-22, en 10.

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