Ediciones Morata

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Michael Apple y Eleni Shirmer reseñan: Igualdad afectiva: amor, cuidados e injusticia

Fecha de creación

11 de Noviembre de 2014

Repensar la naturaleza de la desigualdad y el trabajo

Eleni SCHIRMER y Michael APPLE

Traducido del original inglés por Pablo Manzano Bernárdez

 

          Hay ocasiones en las que hay que llamar la atención de nuevo sobre libros que ya están en el mercado, en especial cuando plantean retos verdaderamente significativos a las formas que tienen de estructurar sus planes muchos educadores convencionales y críticos. Tanto entre los pensadores y educadores convencionales como entre los críticos, la desigualdad se ha convertido en un concepto definitorio del momento actual. La desigualdad ha motivado una nueva oleada de visibilidad del activismo político, conmovedoramente recogido por el movimiento de los Indignados (Occupy). Ha estimulado un torbellino de investigaciones académicas y diálogos públicos, que se hacen evidentes por el vibrante y generalizado interés por El capital del siglo XXI, de Thomas PIKETTY (2014). Y eso motiva, al menos parcialmente, la retórica que está detrás de un creciente grupo de iniciativas políticas, como las exigencias de rendición de cuentas en la política educativa.

Igualdad afectiva. Amor, cuidados e injusticia

          Sin embargo, sin una comprensión clara de los factores que generan la desigualdad, los movimientos sociales, los análisis académicos y las iniciativas políticas que tratan de atajar esas desigualdades no solo corren el riesgo de quedarse cortos con respecto a sus objetivos, sino también, potencialmente, de profundizar las desigualdades que pretenden transformar. La comprensión de algunos de los componentes, a menudo desapercibidos, de la justicia y la igualdad —es decir, la necesidad afectiva fundamental de cuidados de todos los humanos— impulsa las cuestiones fundamentales planteadas por Kathleen LYNCH, John BAKER y Maureen LYONS en su libro Igualdad afectiva: amor, cuidados e injusticia (2014). ¿Cómo ha perpetuado las desigualdades y la injusticia el hecho de que no se haya conseguido que los cuidados sean considerados como un bien público, necesario, para que todos los den y los reciban?

 A causa tanto de su relevancia para el momento actual como de sus ideas teóricas y empíricas, el provocativo análisis de la desigualdad afectiva de LYNCH, BAKER y LYONS es un texto esencial para quienes se preocupen por la igualdad y sus requisitos. El volumen es significativo e impulsa buena parte de nuestro propio trabajo y nuestro interés por la educación. De hecho, ha facilitado parte de los argumentos fundamentales que subyacen al libro Can Education Change Society?, de APPLE (2013). Uno de los objetivos de esta reseña es llamar la atención de un público más amplio de investigadores educacionales críticos sobre este libro. Para ello, tenemos que situar la obra en el contexto más amplio de las políticas recientes que tratan de atajar las desigualdades en la educación.

Interrumpir las interpretaciones vigentes

          Aunque la preocupación por la desigualdad educativa ha constituido la base de la retórica y la estructura de las iniciativas de reforma educativa de varios decenios pasados, en líneas generales, esta atención retórica se ha combinado asimétricamente y, sin mucho ímpetu, con las fuerzas económicas, políticas y sociales que generan la desigualdad. Por ejemplo, la aprobación de la Elementary and Secondary Educational Act (ESEA) de Lyndon Johnson en 1965 estableció unos niveles iguales para los distritos de la educación pública e impuso los primeros planes de rendición de cuentas en educación como parte de su campaña de la “guerra contra la pobreza”, en gran parte como respuesta a las demandas sociales de mayor igualdad, impulsadas por el Movimiento a favor de los Derechos Civiles. Sin embargo, la intención de Johnson de estabilizar el arraigo social, prometido por el estado de bienestar, mediante la guerra contra la pobreza demostró ser una respuesta insuficiente a los orígenes de clase de la pobreza. De hecho, las demandas distributivas opuestas de igualdad social y de acumulación continuada de beneficios, necesaria para sostener el auge económico posterior a la II Guerra Mundial, se tradujo en le crisis económica de la década de 1970, y surgieron como solución las formas económicas e ideológicas neoliberales (CLARKE y NEWMAN, 1997; STREECK, 2011; WRIGHT, 1994). Dicho en pocas palabras, el neoliberalismo sitúa el mercado no regulado como el árbitro fundamental de la libertad individual, convirtiendo todos los conceptos sociales y políticos en económicos (APPLE, 2006).

          Más recientemente, la reaprobación de la ley ESEA —popularmente conocida como No Child Left Behind (“Que ningún niño se quede atrás”) y representada en la actualidad por la Race To The Top (“Carrera a la cumbre”) de Obama— ha suscitado de nuevo demandas retóricas de igualdad, al priorizar medidas de rendición de cuentas con objeto de clasificar. No Child Left Behind vinculó la financiación federal de la educación a la implantación de regímenes de tests estandarizados de carácter clasificatorio, en un intento de atajar unos resultados educativos desiguales. Se ordenó a los distritos que separaran los datos de los tests según el estatus demográfico de los estudiantes, con el fin de discernir discrepancias raciales y otras diferencias de rendimiento educativo. Este incremento de datos sobre el rendimiento académico que puso de manifiesto de forma estadística una realidad ya conocida íntimamente por muchos investigadores, padres, estudiantes, profesores y miembros de las comunidades de todo el país, pues, con demasiada frecuencia, en las escuelas públicas de los Estados Unidos agudizan las persistentes desigualdades raciales y de clase características de los sistemas económicos y sociales, en vez de transformarse. De hecho, paralelamente a las tendencias de distribución de renta, las diferencias de resultados educativos de estudiantes de familias con bajos ingresos y de familias de color han crecido espectacularmente durante los últimos treinta años (DUNCAN y MURNANE, 2011).

Escuelas democráticas de Michael Apple          No obstante, No Child Left Behind y Race To The Top están profundamente enraizadas en la lógica neoliberal, enfatizando la eficiencia del mercado sobre las necesidades democráticas y sociales. Los regímenes de administración de tests clasificatorios, que son los medios predominantes de detectar las desigualdades educativas, se generan a partir de formas de conocimiento culturalmente sesgadas, incorporando así la desigualdad epistemológica al instrumento diseñado para detectar la desigualdad (APPLE, 2006; APPLE, 2014; AU, 2008). Además, se considera que las escuelas cuyos tests arrojan datos no muy buenos están fracasando, lo que brinda una justificación retórica para la intensificación de las demandas neoliberales que se ciernen sobre las escuelas: más tests, más rendición de cuentas, más eficiencia, más elección. Consideremos, por ejemplo, el ascenso de diversos programas neoliberales de reforma educativa, como los planes de elección de escuela, los sistemas de cheque escolar y de neocheque escolar (véase, p. ej., WELNER, 2008), los programas alternativos de preparación del profesorado (a saber Teach for America) y el creciente conjunto de organizaciones de gestión privada subvencionada. Estas reformas utilizan con frecuencia las desigualdades raciales y de clase en el rendimiento educativo como justificación retórica y empírica (LAHANN y REAGAN, 2011).

          Sin embargo, pocas pruebas hay que indiquen que las escuelas privadas subvencionadas prestan un mejor servicio a los estudiantes de color o a los estudiantes con necesidades especiales que las escuelas públicas tradicionales (FABRICANT y FINE, 2012; LUBIENSKI y WEITZEL, 2010). Los cheques escolares han hecho poco para abordar las desigualdades raciales en las escuelas; mucho menos, los resultados educativos y, en el proceso, han empeorado con frecuencia la segregación (véase MINER, 2013). Por último, todas estas reformas educativas sitúan la solución de la educación en las fuerzas privadas del mercado. Esas políticas de reformas ven las soluciones al “fracaso” de la educación pública en la creciente intermediación del sector privado para ofrecer, regular y gobernar la educación, privatizando así el mismo objetivo social de la igualdad.

          Esto genera un desconcertante dilema para quienes siguen comprometidos con la misión social de la educación para reforzar la igualdad. ¿Han evaluado mal los requisitos de la igualdad las políticas de reforma educativa implementadas? En su libro de 2004, Equality: From Theory to Action, John BAKER y Kathleen LYNCH defienden una reconceptualización de los mandatos de igualdad. En esta obra, los autores identifican cuatro sistemas sociales principales que estructuran la igualdad y la desigualdad: económico, político, cultural y afectivo. Basándose en el trabajo de los estudiosos marxistas y feministas, los autores sostienen que no es suficiente conceptualizar la igualdad y la desigualdad en términos de sistemas materiales y económicos o incluso políticos y culturales, pues la atención a la desigualdad en estos campos se basa frecuentemente en el supuesto de que el ideal humano es un actor económico racional y autosuficiente. Afirman contundentemente que una conceptualización más robusta de la igualdad debe también ser impulsada por la realidad de la dependencia relacional mutua de los humanos. Como la prosperidad humana requiere la satisfacción de las necesidades afectivas para dar y recibir amor y cuidados, las sociedades que luchan por una justicia igualitaria deben situar en primer plano las necesidades afectivas como preocupaciones públicas (SAYER, 2011). No hacerlo así genera dos desigualdades críticas: “desigualdad en el grado en que se satisfacen las necesidades de amor y de cuidados de la persona y desigualdad en el trabajo que supone satisfacerlas”. Estas constituyen el núcleo de lo que los autores llaman “desigualdad afectiva” (LYNCH, BAKER, LYONS, 2009, pág. 12). Aunque los cuatro sistemas sociales están profundamente interconectados, las propiedades y mecanismos definitorios del sistema afectivo se han analizado mucho menos, particularmente en su relación con la igualdad y la desigualdad.

Igualdad afectiva como proceso y como objetivo

          Con el fin de abordar el terreno afectivo a menudo omitido, el libro de LYNCH, BAKER y LYON, Igualdad afectiva: amor, cuidados e injusticia, aspira a ofrecer un punto de vista teórico y empírico a la complejidad de los requisitos afectivos de la justicia. Ofrecen una explicación muy razonada de la naturaleza de múltiples formas de trabajo, una idea que tiene implicaciones cruciales para nuestros análisis de clase, raza y género, tanto en las esferas públicas como en las privadas. El libro se basa en los hallazgos de investigación recogidos de una serie de entrevistas en profundidad con proveedores y receptores de cuidados (denominadas Care Conversations), presentadas en los capítulos 3-7, así como en tres estudios complementarios realizados por Maeve O’BRIEN (capítulo 8), Niall HANLON (capítulo 9) y Maggie FEELEY (capítulo 10). Aunque la obra se basa en cuatro estudios empíricos distintos, se unen para ofrecer una examen robusto de los contornos, dinámica y posibles remedios de las desigualdades afectivas.

 Libro sobre Apego y terapia narrativa por Arlene Vetere y Rubi Dallos         Los primeros capítulos presentan una elegante ubicación teórica del dominio afectivo, y la tradición de omitirlo en los discursos académicos y políticos dominantes. El capítulo primero examina cómo han enfocado los sistemas afectivos y las desigualdades en ellos contenidas la sociología, los estudios de derecho, la educación, la economía y la teoría política. Los autores muestran cómo los enfoques convencionales de la ciencia social no examinan críticamente las dimensiones afectivas de la igualdad. Sostienen que hasta los recientes avances de la teoría feminista, los enfoques tradicionales no incorporaban conceptos de los cuidados en sus respectivas teorías de la justicia, ni se ocupaban de las formas en que la distribución desigual del trabajo de los cuidados contribuye a grandes desigualdades sociales. Como dicen los autores, esta conceptualización errónea de los requisitos afectivos de la justicia se basa en la creencia de que tanto las necesidades de cuidados de la gente como la provisión de los mismos, son propias de dominios privados y, por tanto, están más allá de las previsiones de las normas, leyes y reglamentos públicos (véase también FRASER, 1989; FRASER, 1997).

          Los autores tratando de remediar la limitada atención que los estudiosos han prestado al dominio afectivo y presentan un análisis de las diferentes formas de trabajo afectivo y de sus propiedades analíticas claves. En el segundo capítulo del libro, los autores presentan un heurístico para diferenciar entre las relaciones de cuidados primarios (trabajo de amor), relaciones de cuidados secundarios (trabajo de cuidados) y relaciones terciarias (solidaridad). Como dicen LYNCH y cols., la sociedad no puede ordenar ni imponer el amor, pero puede establecer las condiciones para la distribución igual de cuidados, amor y solidaridad, y asegurarse de que ese trabajo sea adecuadamente reconocido y valorado. Por supuesto, esto no es una tarea sencilla, dada la compleja naturaleza del trabajo de amor, de los cuidados y de la solidaridad. Como las autoras dejan claro, muchos de los elementos fundamentales del trabajo de amor no pueden transferirse a otros mediante contratos de trabajo, ni su valor puede reconocerse en un mercado económico. De hecho es un peligroso error de categoría tratar de meter a presión todo ese trabajo en el dominio del mercado económico.

          El trabajo de amor difiere del de los cuidados y de la solidaridad en sentidos importantes: el trabajo de amor requiere más intensidad y compromiso emocionales, y opera con independencia de acuerdos contractuales. Aunque los cuidados y el trabajo de amor se solapan, las autoras distinguen el trabajo de cuidados como menos exigente y más delimitado temporalmente, en general. El trabajo de solidaridad, la esfera terciaria del cuidado, es una forma colectiva de trabajo de cuidados, más pública que las esferas primaria y secundaria, y a menudo opera más allá de las interacciones cara a cara. Los autores definen dos formas primarias de trabajo de solidaridad: obligación reglamentaria, como los requisitos de pagar impuestos, regular la distribución; y el trabajo de solidaridad, normalmente trabajo voluntario, que se emprende sin salario y a menudo en coordinación con organizaciones de la sociedad civil.

          Las autoras distinguen entre trabajo de amor, de cuidados y de solidaridad en un intento de comprender qué elementos de estos trabajos pueden transferirse entre proveedores para los receptores, captados así por las fuerzas del mercado y vendidos a cambio de salarios. Aunque ciertas formas del trabajo de cuidados pueden contratarse mediante pago y la mayoría requieren ciertamente trabajo emocional, el trabajo de cuidados pagado difiere del trabajo de amor en que esas conexiones emocionales (teóricamente) expiran a la finalización del contrato. La tensión entre trabajo de cuidados pagado y trabajo de cuidados no pagado  es un dilema crítico, particularmente dentro de la lógica del neoliberalismo, que asume que todos los servicios e interacciones son mejores cuando los provee el mercado. Los autores describen sucintamente las limitaciones de la mercantilización del trabajo de cuidados, dada su resistencia a los principios mercantiles de intercambio:

          Aunque el trabajo de pago sea necesario como apoyo a los cuidados primarios, no puede sustituirlo. Cuando se establece una relación secundaria de cuidados en un sistema de relaciones sociales centradas en el beneficio o la ganancia en particular, es de por sí evidente que las características de apoyo de esta relación (como la atención cuidadosa a las necesidades. el compromiso emocional, la confianza y la atención) probablemente queden excluidas, subordinadas o muy dependientes de los márgenes de beneficio esperados... (pág. 49).

          Los autores siguen destacando las consecuencias de esa distribución desigual de trabajo de cuidados y de amor, señalando que quienes llevan a cabo el trabajo de cuidados y de amor, debido a su calidad inalienable e íntima, renuncian a oportunidades de ganancias salariales y de tiempo de ocio. Además, la distribución desigual del trabajo de cuidados y de amor permite a quienes están libres de esas responsabilidades (en gran medida hombres) realizar actividades reconocidas más públicamente, como el ocio sin cargas y el trabajo con sueldos más altos. Esto genera desigualdades materiales y sociales, y desarrolla dos clases distintas: proveedores de cuidados y mandantes de cuidados.

Libros de Vínculos afectivos. Formación, desarrollo y pérdida de J. Bowlby          Consideremos, por ejemplo, la dinámica de trabajo en el quehacer académico. Quienes tienen cometidos docentes (a menudo estudiantes graduados o instructores a tiempo parcial en lo que se ha dado en llamar “proletariado académico”) encaran un trabajo más de “cuidados”: reunirse con estudiantes, responder preguntas, corregir trabajos, tutorizar a alumnos uno a uno y facilitar apoyo emocional, todo lo cual requiere un tiempo y una energía intelectual y emocional considerables que, sin embargo, no suele tener reflejo en los salarios. Mientras tanto, permite a los trabajadores de superior categoría, como los profesores y los administradores a tiempo completo, dedicarse a trabajos que a menudo son más beneficiosos profesionalmente y se convierten más fácilmente en formas importantes de capital académico (proyectos de investigación, propuestas de ayudas, escritos publicables, etc.).

          Sin medios adecuados para abordar el importante papel de los cuidados en la búsqueda de la justicia, esa dinámica perpetúa las desigualdades afectivas. Este análisis presentado por LYNCH y cols. genera un grave dilema para los actores sociales y los planificadores: ¿cómo puede la sociedad aumentar el reconocimiento material y financiero del trabajo de los cuidados, mejorando, por tanto, el estatus y el bienestar de quienes se dedican a ese trabajo, al tiempo que se señalan y preservan los elementos del trabajo de amor y de cuidados que no son reemplazables, transferibles, cuantificables o mercantilizables de otra manera? El análisis que ofrecen aquí presenta importantes advertencias para muchos estudiosos progresistas que se centran en una política de redistribución pero ignoran la política del reconocimiento. Ofrece también importantes aclaraciones para la política de redistribución, destacando las limitaciones del análisis crítico de la educación y la economía basado primordialmente en los modelos masculinos del trabajo asalariado.

Cuidados y amor como formas de trabajo

          Con el fin de clarificar las limitaciones de nuestra idea vigente de trabajo, los autores se plantean una pregunta clave en los capítulos tres y cuatro: ¿De qué modos son formas de trabajo los cuidados y el amor? ¿Por qué está marginado el trabajo de los cuidados? Para responder a estas preguntas, examinan qué constituye el trabajo. En las tradiciones materialistas, el trabajo se define como lo que es económicamente productivo y contribuye al “progreso” humano. En las tradiciones fenomenológicas, el trabajo se asocia con la ilustración y el desarrollo personales. Sin embargo, ninguna de estas tradiciones reconoce el trabajo de los cuidados humanos. Los autores se apoyan en el análisis del trabajo jerárquico de Hannah ARENDT, de 1955, en The Human Condition para dar sentido a esta devaluación del trabajo de los cuidados. Según ARENDT, las personas se dedican a tres tipos de trabajo: humanos como pensadores, humanos como productores y humanos como cuidadores. En la crítica de ARENDT, estos dominios de trabajo se ordenan jerárquicamente, siendo los humanos como pensadores los más respetados, seguidos por los humanos como productores y en el último lugar está el menos valorado, el trabajo de los cuidados. Como el trabajo de los cuidados es necesario para reproducir la vida humana, era considerado básico y universal y, por tanto, no valioso. ARENDT escribe: “Las mujeres y los esclavos pertenecían a la misma categoría y estaban ocultos, no solo porque fuesen propiedad de otra persona, sino porque su vida era ‘laboriosa’ dedicada a las funciones corporales” (pág. 72). De este modo, el trabajo de los cuidados es visto como algo vacío de intelecto, destreza o volición; en cambio, se produce natural e involuntariamente, como las funciones corporales.

          Además de una devaluación socializada de tipos de trabajo, los autores sostienen que el trabajo de los cuidados está marginado a causa de una ambivalencia general acerca de los cuidados y del amor en nuestra sociedad. En la medida en que se reconocen, el amor y los cuidados tienden a ser sentimentalizados, trivializados y sexualizados. Particularmente, cuando el amor se sexualiza, gira en torno al deseo y al placer, algo “fugaz, contingente y efímero” (pág. 55). Ninguna de estas concepciones de los cuidados y del amor recoge en medida suficiente el trabajo requerido para generar unas relaciones significativas y sanas de cuidados y de amor, ni la necesidad humana fundamental de cuidados y de amor para un funcionamiento humano adecuado.

          Además el trabajo de los cuidados está marginado a causa de valores tradicionales que ven el trabajo de los cuidados como la obligación moral y el deber de las mujeres, en vez de como un trabajo llevado a cabo por todos. Esto sitúa el trabajo de los cuidados como unas acciones privadas y personales y no como un beneficio público. El trabajo de los cuidados está marginado porque va en contra de las tradiciones materiales dominantes de generar productos y valor económico; cuestiona la lógica dominante del individuo posesivo como árbitro de lo que es productivo. Es más, su feminización disminuye su valorización: en la medida en que el trabajo de los cuidados se reconoce en el mercado, se trata a menudo de un trabajo sucio, mal pagado, no regulado, inseguro y proclive a la explotación.

          En cuanto tal, en su investigación empírica, los autores descubrieron que la metáfora del “desperdicio” se aplicaba a menudo al trabajo de los cuidados. No solo los cuidadores se referían a sus propios cometidos como ocuparse literalmente de los desechos de otros, sino que a menudo sentían que los mismos receptores de los cuidados eran considerados a menudo como una forma de desechos sociales, desde los niños pequeños a los mayores, pasando por los físicamente discapacitados. Además, el mínimo reconocimiento social de su trabajo de cuidado situaba su propia tarea como un desecho. Esto remeda las concepciones dominantes del trabajo de los docentes como no productivo (como queda patente en el refrán: “Quien puede hace; quien no puede enseña”) y, en consecuencia, quienes ingresan en esa fuerza laboral o no tienen otras opciones disponibles o han elegido “desperdiciar” su potencial y se dedican a la enseñanza como carrera profesional, a pesar de su elevado coste de oportunidad.

 Responsabilidad por la justicia de Iris Marion Young         Los autores articulan muy claramente los elementos de los cuidados que los constituyen como una forma de trabajo de valor. En primer lugar, el cuidado como trabajo es necesario para la supervivencia humana; las personas no podrían sobrevivir sin elevados niveles de dependencia. El cuidado requiere destreza, competencia y aprender a hacerlo bien. Esto exige tiempo y esfuerzo, a menudo en un nivel emocional que no se requiere intensamente en un trabajo que no sea de cuidados. El cuidado efectivo exige trabajo emocional (como escuchar y comprometerse), trabajo mental (como planificación intensiva, cómo responder a diversas situaciones inmediatas y urgentes), trabajo físico y compromiso moral (como ser digno de confianza y fiable). En último término, los autores sostienen que necesitamos redefinir esferas de manera que la ética de los cuidados (relacional e interdependiente) quede fundamentalmente integrada en la esfera pública, en vez de considerarla como débil, hiperfeminizada e ineficiente. En esencia, el cuidado debe ser reconcebido como un bien público.

          El trabajo de cuidados debe ser social y materialmente revaluado como bien púbico de manera que quienes se dediquen a él, bien por elección, bien por necesidad, no queden relegados a una vida de pobreza o de exclusión social. El estado, pues, desempeña un papel en el establecimiento de un nuevo contrato social que reconozca los derechos socioeconómicos de los cuidadores, en vez de ubicarlos simplemente en una esfera privada, invisible y no regulada. Establecer un nuevo contrato social en torno al trabajo de los cuidados es complicado porque requiere reconocer que los cuidados son esenciales para todas las relaciones humanas, pero es fundamentalmente resistente a la mercantilización o a los imperativos legales, herramientas tradicionales utilizadas por los estados para establecer y regular dominios de trabajo. Todo esto sugiere desarrollar unas racionalidades educativas junto a las racionalidades económicas. Esto es particularmente importante en educación. Como escriben los autores:

La atención se centra en educar al ciudadano o ciudadana para que alcance su potencial en la esfera pública de la vida, ignorando el yo relacional de la asistencia (LYNCH y cols., 2007). Dentro del marco de referencia neoliberal, en particular, la finalidad de la educación se define en términos de adquisición personalizada de capital humano, haciéndose uno mismo hábil para la economía: “se espera que el individuo desarrolle una relación productiva y emprendedora consigo mismo” (MASSCHELEIN y SIMONS, 2002, pág. 594). No se tiene en cuenta seriamente la realidad de la dependencia para todos los seres humanos, tanto en la infancia como en épocas de enfermedad y dolencias (BADGETT y FOLBRE, 1999). (Pág. 90).

          Este conjunto de argumentos se desarrolla más extensamente en el capítulo cinco, que examina de qué formas interactúa el trabajo de los cuidados con otras dimensiones de la desigualdad, específicamente el género, la clase social y el estatus familiar. El capítulo expone las formas en que el trabajo de los cuidados es distribuido y experimentado de manera desigual por las mujeres. Las mujeres no solo asumen una mayor responsabilidad de las relaciones de cuidados que los hombres. Por ejemplo, aunque hayamos de ir con precaución para no esencializar estas diferencias, un tema central en las Care Conversations era la forma en que se esperaba que las mujeres cuidaran a otros por obligación y deber morales, en vez de porque escogiesen hacerlo. Los hombres que se dedicaban al trabajo de los cuidados, en cambio, eran a menudo valorados o alabados como excepcionalmente honorables por realizar un trabajo de cuidados. Además, a menudo las mujeres no solo asumían el trabajo de administrar los cuidados, sino también el de planificar cómo brindar un cuidado confiable y de calidad; sin embargo, recibían poco reconocimiento por la destreza y el trabajo necesarios para asegurar unas relaciones primarias y secundarias de cuidados suficientes.

          Por último, la clase social y el estatus familiar influyen en el trabajo de los cuidados. Las Care Conversations revelaron de qué modo están las formas de cuidado que reciben las personas poderosamente influidas por la clase social. Como describen los autores:

Los cuidadores de rentas bajas son especialmente vulnerables, al no poder permitirse muchos de los apoyos a los cuidados que necesitan en el momento en que los necesitan... En consecuencia, se ven forzados a dejar el trabajo, a menudo cuando sus hijos son pequeños, al no poder permitirse unos cuidados infantiles de buena calidad; su desempleo exacerba aún más su pobreza. Los cuidadores de adultos de rentas bajas tienen que esperar a menudo largos períodos de tiempo para acceder a servicios asistenciales estatales, dado que no pueden comprar servicios privados inmediatamente disponibles. Cuando consiguen apoyo, como descanso o ayuda a domicilio, es con frecuencia durante cortos períodos de tiempo y no es suficiente para lo que necesitan. Además, los cuidadores de rentas bajas que están empleados trabajan a menudo en puestos en los que carecen de la autonomía y la flexibilidad que les permitan gestionar los cuidados según les venga bien. (Pág. 112).

Desaprender la discriminación en Educación Infantil          Esas vulnerabilidades se intensifican para una persona que sea la única cuidadora en una unidad familiar, como una madre o un padre sin pareja. Las desiguales cargas del trabajo de cuidado sobre las mujeres, las personas de rentas bajas y los cuidadores únicos se agudizan por las intensas demandas de tiempo del trabajo de cuidados, como los autores examinan en el capítulo siete. Como el trabajo de los cuidados es a menudo incesante e implacable en cuanto a sus exigencias de tiempo, quienes se dedican al trabajo de los cuidados tienen poco tiempo para cuidarse a sí mismos. Pueden ejercer poca discreción o autonomía con respecto a cómo elegir pasar su tiempo y a menudo tienen que hacer malabarismos entre el trabajo pagado y sus responsabilidades de cuidados, lo que ejerce mayor presión aún sobre sus recursos de tiempo. Las exigencias de tiempo eran más agudas para quienes pertenecían a las clases sociales inferiores, porque tenían menos recursos financieros a su disposición para distribuir y gestionar las responsabilidades de los cuidados.

          Sin embargo, más allá de las desiguales cargas de tiempo según el género y la clase social, los autores afirman también que la dimensión de tiempo del trabajo de los cuidados revela qué características de la racionalidad de los cuidados trascienden una mera racionalidad económica. Aunque muchos cuidadores primarios manifiestan una tensión entre la distribución del tiempo de ocio y del tiempo de trabajo de cuidados, este modelo económico racional no representa adecuadamente el imperativo moral para cuidar, ni la naturaleza relacional del cuidado mismo. Esto tiene también implicaciones significativas para una crítica sustantiva del neoliberalismo como teoría y como conjunto de políticas sociales, dado que cuestiona directamente la suficiencia de los supuestos básicos que subyacen a lo que se interpreta como “racionalidad” y los modelos economicistas que tienen en su fundamento estos supuestos.

          Los autores también cuestionan la dicotomía binaria entre receptor de cuidados y proveedor de cuidados. Basándose en reflexiones de las Care Conversations, LYNCH y cols., iluminan las formas en las que los individuos dependientes poseen diversas cantidades de poder y control en la relación de cuidado. Exhiben empíricamente las formas en que el trabajo de cuidados es fundamentalmente relacional y, por tanto, recíproco y mutuo. En palabras de los autores, “quienes son cuidadores no solo invierten tiempo, energía y atención en el cuidado de otros, sino que también reciben afecto, atención y aprecio a cambio, aunque de formas muy variables y en grados muy diferentes” (pág. 131). De este modo, los receptores de cuidados no son simplemente objetos pasivos o cargas en la vida de los proveedores de cuidados, sino que, más bien, tienen sus propias formas de control y poder y participan en relaciones recíprocas y poderosas. Esto restaura la agencia para muchos de los que están situados como “otros” en y por esta sociedad y en el proceso proporciona un espacio para la acción y la voz.

Más allá...

          Igualdad afectiva ofrece una vigorosa exposición de la economía política de las relaciones de amor y de cuidado. Suscita también importantes puntos para futuras investigaciones y consideraciones políticas, y provoca la necesidad de tratamientos más detallados de dos cuestiones clave, al menos: las formas en que las identidades raciales y étnicas interactúan con el trabajo de cuidado, y el papel de la solidaridad en la igualdad afectiva. Para nosotros, esto apunta a espacios en los que el análisis tiene que ir más allá.

          Primero, ni los argumentos empíricos ni los teóricos abordan las formas en que las identidades raciales y étnicas interactúan con el trabajo de los cuidados. Aunque el contexto de su investigación de Irlanda puede poseer menos diversidad racial y étnica (pero véase DEVINE, 2011), en el contexto de los EE.UU., la raza y la etnicidad estructuran fundamentalmente los ejes económico, político y cultural de la justicia. En cuanto tales, exigen ser tratados como preocupaciones centrales en investigaciones como esta.

          En segundo lugar, aunque Igualdad afectiva describe adecuadamente las desigualdades presentes en los trabajos de cuidados primarios y secundarios (amor y cuidado, respectivamente), no trata suficientemente las relaciones terciarias de cuidado de la solidaridad. La rica atención prestada por los autores a las dimensiones del trabajo de cuidado y de amor genera expectativas con respecto a su análisis del trabajo de solidaridad, que el libro no satisface. Esta omisión genera dos puntos débiles en la descripción. Primero, no da una idea del trabajo de solidaridad mismo (qué lo constituye, su lógica y sus vulnerabilidades, particularmente en relación con otras formas de opresión, como la dominación de género, raza y clase social). Como tal, los lectores no se hacen mucha idea de cómo contribuye el trabajo devaluado de solidaridad a la reproducción social de la desigualdad. Segundo, al no definir el trabajo de solidaridad ni diagnosticar su interacción con la desigualdad, el trabajo de solidaridad no aparece en la explicación de LYNCH y cols. como medio significativo para transformar las desigualdades sociales. Esto no solo deja lagunas en la descripción de las desigualdades afectivas y su papel en la reproducción de las desigualdades sociales, sino que también limita las formas en que hemos de entender cómo puede producirse la transformación social, particularmente si vemos el trabajo de solidaridad como un mecanismo clave de esas transformaciones, algo que ambos entendemos como central para el desarrollo de movimientos interruptores y para la formación de una política antihegemónica[1].

Coeducando para una ciudadanía en igualdad de Madeleine Arnot          Por ejemplo, LYNCH y cols. afirman que una de las desigualdades fundamentales sufridas por los trabajadores de los cuidados es la invisibilidad de su trabajo, lo que se traduce en la falta de reconocimiento de la importancia de las relaciones de cuidado. Los autores describen en detalle cómo llevan a cabo su trabajo los trabajadores de los cuidados con mínimo o insuficiente respaldo social, sin tiempo o sin los recursos materiales, emocionales o políticos para discutir sus condiciones de trabajo y mucho menos sus papeles culturalmente devaluados. Los autores muestran claramente cómo la falta de reconocimiento del trabajo de los cuidados reproduce las desigualdades sociales. Sin embargo, los autores no indican cómo pueden ser contestados este aislamiento y esta falta de reconocimiento, a través del trabajo de solidaridad y la acción colectiva, por ejemplo (HOBSON, 2004). Consideremos los pujantes movimientos organizados de trabajadores de cuidados, como los sindicatos de profesores, enfermeros, empleados de servicios de bajos salarios y otros que se oponen activamente a la imposición de racionalidades económicas sobre su trabajo, desde los regímenes de tests estandarizados hasta los currículos simplificados, pasando por el tratamiento no dignificado de su propio trabajo. Si uno de los objetivos del trabajo de solidaridad es hacer que lo que se considera justo e inmutable llegue a ser conocido como injusto y mutable, parafraseando a PIVEN y CLOWARD (1979), la lucha por la igualdad afectiva requerirá el trabajo de solidaridad mismo, un punto solo mínimamente abordado por LYNCH y cols. Si hacemos caso a la descripción que LYNCH y cols. hacen de los daños generados por las desigualdades afectivas, el papel fundamental del trabajo de solidaridad para transformar estas desigualdades sugiere la necesidad crítica de una mayor investigación teórica y empírica de las propiedades particulares de ese trabajo de solidaridad y sus capacidades de transformar esas desigualdades.

          Estas críticas no disminuyen las importantes contribuciones hechas por LYNCH, BAKER y LYONS y por sus colegas del Centre for Equality Studies del University College Dublin (véase también LYNCH, GRUMMEL y DEVINE, 2012). Después de todo, lo que puede tratarse en un libro tiene un límite. En cambio, dado nuestro aprecio del punto al que ellos nos han llevado, queremos urgir a quienes estén de acuerdo con sus argumentos básicos a extenderlos a áreas que demandan nuestra atención. No solo vivimos en un estado marcado por la clase y el género, sino profundamente en un estado racial (véanse, por ejemplo: GILLBORN, 2008; MILLS, 1997). Y, a menos que también nos preguntemos quiénes más están haciendo ahora trabajos de cuidados —y que hayan desempeñado un papel crucial al respecto históricamente— y cómo se estructura esto también en torno a la categoría de formas raciales, no podemos empezar verdaderamente a comprender por completo la naturaleza de ese trabajo y su relación con la política tanto de redistribución como de reconocimiento.

          Hemos escrito este ensayo con una serie de objetivos en mente. Primero, aunque el libro de LYNCH, BAKER y LYONS Igualdad afectiva se publicó hace varios años, es preciso llamar la atención sobre él a un grupo mayor de personas. Aunque recibió una serie de reseñas muy positivas en la bibliografía general de la sociología y los estudios de género, su visibilidad no fue tan pronunciada en el campo de los estudios críticos educacionales. Sin embargo, es una lectura esencial para cualquier persona que se tome en serio la sociología de la educación, la teoría crítica de la educación y el trabajo de los profesores y otros educadores. Es también significativo para quienes somos justificablemente críticos de la transformación neoliberal de las instituciones educativas que están teniendo efectos peligrosos en muchas naciones. Por último, los argumentos del libro muestran cómo es posible poner lado a lado ideas estructurales con las experiencias personales de actores reales, en casas, escuelas y comunidades reales. Y lo hace de una manera que nos aparta de los cuadros reductores y esencializadores del trabajo.

          Sí, hay áreas en las que el libro podría haber avanzado más. Pero las voces que presentan las autoras, las dinámicas política, cultural y económica del poder que iluminan y, en último término, los espacios abiertos a una política de interrupción han de reconocerse. Hay un cuerpo de investigación muy grande sobre la teoría, la investigación, la política y la práctica educacionales críticas que se han desarrollado con los años (véanse, p. ej.: APPLE, AU y GANDIN, 2009; APPLE y AU, en prensa). En este libro, LYNCH, BAKER y LYONS nos han recordado elementos cruciales que deben formar parte significativa de aquél si nosotros queremos avanzar, y si nuestra idea del “nosotros” nos permite admitir la realidad de lo que con demasiada frecuencia se omite en nuestros análisis y movilizaciones críticas.

Sobre los autores

Eleni SCHIRMER es candidata al doctorado en los departamentos de Curriculum and Instruction y Educational Policy Studies de la University of Wisconsin, Madison. Es activista sindical y ha escrito para The Progressive y para el sitio web Public School Shakedown.

 Michael W. APPLE es John Bascom Professor de Curriculum and Instruction y Educational Policy Studies de la University of Wisconsin, Madison. Entre sus libros más recientes está: Can Education Change Society? (2013); Knowledge, Power, and Education (2013), y Official Knowledge (3.ª ed., 2014).

[1] Esta idea de la transformación social está articulada por la teoría de la transformación social de Erik Olin WRIGHT, que tiene cuatro componentes principales: teorías de la reproducción social, teorías de las discrepancias y contradicciones de la reproducción, una teoría de las trayectorias del cambio social no pretendido y teorías de las estrategias transformadoras. Véanse más detalles en: WRIGHT, 2010, págs. 273-307.

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